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| Icarus Montgolfier Wright de 1962, ilustración de ©Joseph Mugniani Tomado de Cartoon Brewn |
En mayo de 1956, las librerías y tiendas norteamericanas distribuían por $0.35 The Magazine of Fantasy
and Sciencie Fiction editado
por el legendario Anthony Boucher. La larga fila para pagarla era el menor de los pormenores, lograr que tus padres abonaran el adelanto de la mesada del domingo y combatir por ella en los estantes era el verdadero reto. Sin embargo, cuando uno la tenía en las manos y veía la ilustración de EMSH (Ed Emshwiller) sabías que todo había valido la pena.
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| The Magazine of Fantasy and Science Fiction May 1956, No. 10 |
Siempre le agradeceré a EMSH la cubierta de la pelirroja adentrándose a las
dimensiones de un paralelepípedo luminoso a través de una marea de fuego. Aquella ilustración de
colores llanos e intensos no temía profesar la nueva fe que
dictaba el progreso científico bañado de ensueños y promesas, revelando, por fin, la dimensión desconocida del universo que muchos habitamos o queríamos habitar.
Eisenhower gobernada los Estados Unidos en aquel año del 56. La política del presidente norteamericano abanderaba y reforzaba el sistema capitalista y liberal como la fuerza opositora del comunismo oriental. Principalmente, de la ahora nación enemiga, la Unión Soviética.
La tensión de la Guerra Fría
atravesaban todo y eran el trasfondo de aquella primavera
norteamericana. No fue casual que se detonaron diecisiete bombas (algunas de ellas atómicas) en aquel año; cinco de ellas en el mes de mayo.
Las voces eléctricas de la radio anunciaba cada mañana las pruebas exitosas de las detonaciones atómicas. En una de esas mañanas, se anunció el estallido de la primera bomba de hidrógeno de 3500 kt (kilatones) en uno de los atolones desérticos de Islas Marshall (o que ahora había quedado desértico). Nadie lo decía, no era necesario, pero el miedo se había vuelto parte del desayuno, la comida y la cena mientras discutíamos si eran nombres orientales o indígenas aquellos que elegían para las bombas: Cheroqui, Zuni, Yuma.
Las voces eléctricas de la radio anunciaba cada mañana las pruebas exitosas de las detonaciones atómicas. En una de esas mañanas, se anunció el estallido de la primera bomba de hidrógeno de 3500 kt (kilatones) en uno de los atolones desérticos de Islas Marshall (o que ahora había quedado desértico). Nadie lo decía, no era necesario, pero el miedo se había vuelto parte del desayuno, la comida y la cena mientras discutíamos si eran nombres orientales o indígenas aquellos que elegían para las bombas: Cheroqui, Zuni, Yuma.
Por otro lado, la bonanza norteamericana invitaba al consumismo: comprar
autos, casas, muebles y electrodomésticos sofisticados era el camino para realizarnos. Confiábamos en los negocios, las grandes empresas y la venta del acero tanto como en la investigación
científica. El avance médico, la innovación tecnológica y el
poder de la información conducía a la sociedad hacía mejores lugares; se creía en el progreso y el porvenir. Había
futuro ¡aún había futuro! Nadie deseaba recordar aquellos años de
la guerra ni los anteriores a ella. El horizonte era un mundo nuevo, un mundo
perfecto.
Sin
embargo, y a pesar de este “edén norteamericano”, existía, desde
su creación, un artificio que generaba la desconfianza al marketing promovido por la engañosa american life. El
tedio y el malestar por la propagación del conformismo, la
enajenación de los medios y la estupidización de la sociedaddetonaron un sinfín de escritos y manifestaciones culturales,
sociales y políticas por la dignificación de la condición y la calidad humana. Eran
tiempos de bonanza estadounidense, sí, pero también de angustia e
incertidumbre.
Bajo ese telón transcurrieron los días de
aquel mayo del 56, cuando el volumen 10, número 5 de The
Magazine of Fantasy and Sciencie Fiction publicó Icarus Montgolfier Wright
del escritor de Illinois, Ray Bradbury. Relato breve que cuenta,
entre paisajes oníricos y revelaciones del pasado, el último
instante en que el piloto, Jedediah Prentiss, tripulará el primer
cohete con destino a la luna, logrando en un sólo acto, todos
los ascensos que el hombre ha emprendido.
A través de un sueño, Jedediah es arrastrado por un viento suave,
un susurro convertido en la voz de su padre que lo llama:
“Ícaro”, mientras las olas se estrellan en los gruesos muros de la costa y el Mar Egeo lo observa: "Ícaro" repite su padre un instante antes de montarle las doradas alas que lo harán
tocar el sol y darle la última advertencia de prudencia:
“ -Padre, ¿cómo está el viento?
-Suficiente para mí, pero nunca suficiente para ti...
-Padre, no te preocupes. Las alas parecen torpes ahora, pero mis huesos en las plumas les darán fuerza, ¡mi sangre en la cera les dará vida!”
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| Dibujos de Icarus de ©Joseph Mugniani, pertenecientes a la colección personal de Ray Bradbury Tomado de Nate D. Sanders |
El calor del sol que seduce a Ícaro, incendia y traslada a nuestro cosmonauta a la Francia del siglo XVIII, a los talles papeleros de los hermanos Jacques y Joseph Montgolfier, que tejen con sus manos los trozos de imaginación que fabrican sus mentes:
“Las manos tocaron unas cuerdas ardientes, una tela brillante, costuras calientes como el verano. Las manos alimentaron la llama susurrante con lana y paja.”
El ruido del viento, el bullicio de las nubes, hace girar una hélice y rugir un motor de los hermanos Wilburn y Orville Wright, quienes ven elevarse el aeroplano, mientras una advertencia dice: "no vayas tan alto" y otra invita subir a "ese globo ignoto, en ese abismo donde no podía oírse el canto de un pájaro ni el grito de un hombre".
Es siempre asombrosa ver la prosa de Bradbury que baila suavemente entre el relato y la poesía. En el "Ícaro Montgolfier Wrigth", los elementos físicos y naturales son relevantes ya que sirven de puente entre las referencias para hilar cada una de las representaciones del hombre volar. Del aliento del sueño a la brisa de la playa; de las brazas del sol al calor de las manos que tejen; del sonoro vuelo de las aves al bullicio de los motores. Por otra parte, el tema central del cuento: el deseo de volar, rebasa los alcances meramente científicos para instalarse en el renglón de los sueños, los anhelos y aquel elemento intangible que lubrica los sueños científicos. Ícaro desea volar, los hermanos Montgolfier y Wright también. Jedediah Prentiss es el nuevo Ícaro, el nuevo Montgolfier, el nuevo Wright. Es el hombre que encarna las alas, porque encarna el deseo.
El cuento, también es obra cumbre de la aviación. Ray Bradbury compila cuatro momentos cumbres en esta historia: el ascenso y la caída de Ícaro; los ensayos
aerostáticos de los vendedores de papel y creadores del globo
aerostático, Jacques y Joseph Montgolfier; el vuelo y planeación del Flyier
de Olvier y Wilbur Wright; y por supuesto el viaje a la luna que no
será realizado por Prentiss, sino por “Ícaro Montgolfier Wright”. Como otros profetas del género, el escritor estadounidense vaticinó
la inevitable llegada del hombre a la Luna diez años antes de que esta
sucediera. Advirtiendo, sin embargo, que este hecho no es más que parte de una
historia del hombre y su deseo de volar y alcanzar aquello que su vista le ha permitido descubrir: el sol, el
cielo y los astros.
En
1962, George Claytón Johnson adaptó un guió inspirado en el cuento
de Bradbury para el cortometraje dirigdo por Osmond Evans. El
cortometraje animado, contaba con las ilustraciones del artista
Joseph Mugnaini, colaborador y autor de los escenarios y retratos más
representativos de los mundos de Bradbury. Algunos de los trabajos
más recordadas de Mugnaini son los realizados para The october
country, The Halloween tree o la
famosísima cubierta de 1953 de Farenheit 451.
En el cortometraje de Evans se pueden apreciar los ambientes ardientes, solares y
vertiginosos que rodean los revelaciones y sueños de Ícaro
Montgolfier Wright. Las escenas de Dédalos, mirando al cielo dotan a
este cortometraje de una dramática y deliciosa atmósfera que nos
trae a la mente los delirios y deseos de la modernidad.
El
éxito del cortometraje lo llevó a la nominación de Mejor
cortometraje animado para los
Premio Oscar de 1963, augurando de esta forma el futuro de la obra. En 1959, Bradbury ya lo había
compilado en su libro A medicine for melancholy
y posteriormente, en 1966, formó parte de la compilación de
S is for Space. Las
traducciones de la obra no se hicieron esperar, en 1958, Yves Riviére
lo traduce al francés de la edición publica por The
Magazine, y tres años más
tarde, Jacqueline Hardy ofrecerá una nueva versión en el libro
Un remède à la mélacholie.
En
español se habla de la traducción de 1965 de Fernando M. Sesén
para el libro Medicina contra la melancolía, publicada
por la editorial española Vértice, y la imprescindible traducción
de Francisco Abelenda (Paco Porrúa) para la compilación de relatos
de Minotauro 8,
realizados por la pionera en traducción de ciencia ficción,
Editorial Minotauro.
En
México se publicó en la revista mensual
de Ciencia y Fantasía (1957),
número 12, publicado por la
Editorial Novaro. La cual logró comprar los derechos de distribución
de The Magazine of Fantasy and Sciencie Fiction a
través de la editorial Mercury
de Nueva York. Lamentablemente, la revista de Ciencia y
Fantasía tendría una vida
breve que duraría apenas 14 números distribuidos entre septiembre de 1956 y
agosto de 1957. Sin embargo, y teniendo en cuenta los datos del
primer número, se imprimieron 20 mil ejemplares que podían ser
adquiridos por el “precio del volumen en la República Mexicana:
$2.00; suscripción de doce números, $24.00; en el extranjero Dls.
0.20 y suscripción de doce números Dls. 2.50”. Este dato nos
sugiere el amplio número de lectores interesados en la ciencia
ficción, los cuales quedan muy bien reflejados en la nota editorial de la publicación:
“Hay pues, una inmensa masa de lectores en busca de esa literatura,
y a ella va dedicada esta revista”.
Fue
en Ciencia y Fantasía donde
se editaron por primera vez los trabajos de Ray Bradbury en México. El
número 1 contiene el cuento “El peatón” y en el número 12, el
ya mencionado “Ícaro Montgolfier Wright”. El primero traducido
por Jorge Peón Bolio y el segundo por el traductor Emilio F. Ávila,
ambos traductores oficiales de la revista y, lamentablemente,
extraviados en la historia, aún no escrita, de la edición y la
traducción mexicana.
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Cubierta del libro A medicine for melancholy (1959) de Ray Bradbury Tomado de Wikipedia |
De
Emilio F. Ávila sabemos, al menos, algunos datos bibliográficos. Sus
trabajos de traducción aparecieron a partir del número 8 de la
revista de Ciencia y Fantasía, alternando
con Peón Bolio hasta el último número. Entre los autores que
tradujo a la lengua española están: Robert A. Heinlein, Ron Smith,
Zenna Henderson, Robert Block, Jay William, Idris Seabright, Robert
F. Young, Will Stanton, Howard Phillips Lovecraft y Ray Bradbury.
Posteriormente a la desaparición de la revista, no se le puede
rastrear en ninguna publicación hasta 1973, cuando traduce:
Geography and the American environment
de Saul Bernard Cohen y Citizen politics
de James David Barber, ambas para Editores Asociados. En
ese mismo año, también tradujo, Statistics made simple de
Hayslett, la cual será reimpresa varias veces en la década de los
ochenta bajo la Compañía General y el Grupo Sayrols. Posteriormente
la información es difusa, existen algunas referencias de otro Emilio
Ávila De la Torre, quien tradujo para
Editorial Diana y la Compañía General entre 1974 y 1980, pero no
existe claridad que se trate del mismo traductor, sobre todo, porque
las obras que se conservan de este último son de textos alemanes. Lo cual no
hace imposible que Emilio F. Ávila hablara más de dos lenguas, sino
que, aventurarse a hacer esa información sería poco responsable.
Por lo cual, la última obra que tradujo, con certeza, Emilio F.
Ávila fue la Estadística simple de
Haylett.
Actualmente,
el texto del Ícaro de
Bradbury es posible leerlo en las múltiples ediciones de Remedio para melancólicos. Algunas bibliotecas mexicanas disponen de esta otra: la
Universidad Nacional Autónoma de México tienen dos ediciones del ejemplar: la edición de la Colección Booket (2006) resguardada en
la Biblioteca de la Escuela Nacional de Altos Estudios Superiores de
Morelia y la 6a edición de la editorial Minotauro (1975), disponible también en la biblioteca de Morelia ya mencionada y en la
Biblioteca de la Facultad de Estudios Superiores de Aragón. La
Biblioteca Antonio Castro Leal de la Ciudadela de México, posee una
edición de Minotauro (1968) de esta obra y la Biblioteca de José
Luis Martínez la edición príncipe en inglés de Bantam Book
(1959). Por otra parte, el relato corto se compiló también en la
antología de S Is for Space (1976)
de la editorial Bantam Book de Nueva York, del cual se puede tener
una copia disponible en la Biblioteca Carlos Monsiváis de la
Ciudadela y un ejemplar de la traducción de esta, realizada en Barcelona bajo el título Cuentos espaciales
(1981) en la Biblioteca de México.
Por último, el único ejemplar
disponible de Ciencia y Fantasía,
número 12, se puede consultar en la colección general de la
Biblioteca Nacional de México, la cual, lamentablemente está sin la cubierta y catalogada bajo el título Ícaro Montgolfier Wright. El ejemplar se encuentra en un estado delicado y con las hojas un tanto quebradizas, su textura ahora parece extraída de la misma realidad de Jedediah Prentiss en algún páramo de 1970. Si se mira bien el ejemplar, se puede escuchar el susurro que dice:
"Ícaro Montgolfier Wright... Nacido novecientos años antes de Cristo. Escuela primaria: París, 1873. Escuela secundaria: Kitty Hawk, 1903. Diploma de la Tierra a la Luna, hoy mismo, Dios mediante, 1° de agosto de 1970. Muerto y enterrado, con suerte, en Marte, en el verano de 1999, año de Nuestro Señor".
Sidharta Y. Manzano
3 de abril de 2020
Iztapalapa, Cd. de México





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